REPORTAJE ROW: “EL CACHACASCÁN”, UN ARTE INOLVIDABLE

La lucha libre tuvo su esplendor en el Ecuador y en muchos otros lugares en los años 70
Aún retumba en los oídos de los guayaquileños, que ya hemos pasado los 40, el grito emocionado en las tribunas del añorado coliseo Huancavilca, cuando anunciaban la entrada de los grandes luchadores de la noche: “El Santo ecuatoriano”, “El Ángel Negro”, “Penado 13”; “Adán Villacís”, “El Monje Loco”, “El Globo atómico” y otros tantos, a los cuales seabucheaba por lo malo o aplaudía por lo bueno que eran al subir al cuadrilátero.
En seguida los puñetazos, las patadas voladoras, las llaves inmovilizadoras, los planchazos en la plataforma, el vuelo del Ángel (que se hacía desde la esquina del ring en la tercera cuerda) sonando con fuerza al caer a la lona llevándose al contrincante y esperando que uno de los contendores vaya a caer entre los espectadores.
Las emociones eran mayores cuando “El Santo ecuatoriano” se enfrentaba al Penado 13 (el más malo de los malos) porque su arma favorita era echarle limón en los ojos al rival, cuando sabía que perdía la lucha (el cítrico siempre escondido en el cinto de su pantaloneta) y la gente se desgañitaba gritándole al réferi que se había cometido una falta y como no la vio, entonces era el momento más intenso, cuando se definía la lucha entre los buenos (aclamados por todos) y los malos (abucheados e insultados por las multitudes).
“Se convirtió en algo realmente compenetrado con la gente, tanto que una noche una señora le cayó a golpes al Penado 13, después de una pelea con El Santo ecuatoriano y le gritaba eufórica, no pelees sucio, cobarde”, recuerda el principal promotor de la Lucha libre en la ciudad, Luis Ordeñana Briones, quien además narraba los encuentros.
“Evitamos siempre la sangre, fue un deporte-espectáculo familiar, donde todos disfrutaban, se emocionaba y se divertían”, comenta el ahora jurista Ordeñana.
Una mezcla de habilidades, espectáculo, diversión y mucha teatralidad, con toda esa parafernalia de los disfraces y las máscaras convertían las luchas delos domingos en un referente de la ciudad. Además era transmitida por canal 4, durante 6 años y después por canal 10, a lo largo de 3 años, alcanzando el mayor rating de esos tiempos.
Los titanes argentinos Nadie se olvida de Martín Karadagián, cuyo cántico de combate era: “El gran Martín es un titán, es el titán, de titanes en el ring”; o también el de “Pepino, el gran payaso”; “La Momia, luchador, sordo mudo”; “Viene del desierto trae mucha arena, es Tufí Meme”; “Mercenario Joe, no te quiere ni tu madre ni tu padre”, así comenzaba uno de los más grandes espectáculos de la lucha libre en América del Sur, que se transmitía desde Argentina (1962),
los famosos “Titanes en el ring”.
los famosos “Titanes en el ring”.
Karadagián (identificado por ser rubio con la barba negra), “El Caballero Rojo”, “Sullivan”, “Don Quijote y Sancho Panza”, “El Indio Comanche”, “El Súper Pibe”, “Yolanka, el extraterrestre”, y otros que hicieron el deleite de chicos y grandes.
Desde 1953 tuvieron tal acogida que se convirtieron en el espectáculo más atractivo y mejor pagado en la televisión bonaerense, que en los años 70 fueron transmitidos y reproducidos por todos los canales de centro y sur América. Por toda su producción artística desde las canciones, disfraces y la gran cantidad de productos creados (desde muñecos, hasta jarrones), la misma lucha con gran dosis de fuerza y habilidad, que convirtieron a “Los Titanes en el Ring”, en un referente para cientos de copias en todo el continente.
Desde Panamá hasta Chile siguieron la matriz con personajes propios, que en definitiva perseguían el enfrentamiento del bien y el mal entre las cuerdas de un cuadrilátero.
Cuates luchadores
En México, es la cuna de este espectáculo para toda América, donde los luchadores han sido más que gladiadores, pues se convirtieron en actores de cine y referentes sociales para una cultura que hasta estos días se mantiene.
Nadie puede olvidar a “Santo, el enmascarado de plata”, “Blue Demond”, “El Diablo Rojo”, “El Rey Misterio”, “Fray Tormenta”, “Charro Aguayo”, “Carlos “Tarzán” López”, “Huracán Ramírez”, entre miles de personajes que han pasado por las cuerdas y aún se mantienen como una tradición en las 16 escuelas de lucha que existen solo en la capital azteca.
Se vivía la edad de oro en las luchas y los famosos enmascarados se convirtieron en símbolos de valor y fuerza sobrenatural. Mientras que en el cine se posesionaban “El Santo contra las momias de Guanajuato”, “Blue Demond, contra los guerreros negros”, entre otras 54 películas del mismo estilo, en el Ecuador, especialmente en Guayaquil, el cachacascán llenaba el antiguo coliseo Huancavilca todos los domingos y sus transmisiones se convirtieron en un “boom”.
El símbolo de la máscara
En México se creó la tradición de la máscara, no solo para mantener el incógnito, sino para crear el mito del poder tras el misterio. Muchos de los luchadores llegaron a pelear “Máscara contra máscara”, y una vez perdida, se debía esperar 3 años para volver al ring y no se podía usar la misma (según lo señala el Reglamento de luchas en ese país).
También es una herencia de prestigio, de honor del buen luchador, ya que en muchos casos sus hijos tomaban la posta en los cuadriláteros.
Nuevos tiempos en Ecuador
Un manotazo en el pecho, ¡Paf!, un codo aterrizando sobre un luchador medio noqueado, el estruendo del ring producto de un cuerpo estrellado sobre él, paredes oscuras y adornadas con graffitis de nombres de grandes luchadores: “Tirano”, “Gino”, “Patriota”, “Kalaka”, “Tanke”, “Krow”, “Drangón”, “Dylan”, “Coyote”, “Hamer”, “Macho”, pancartas que anuncian encuentros pasados con los rostros impresionantemente furiosos de los luchadores, cuerpos que se dan volteretas y golpean a otro vestido con llamativos colores, gritos del entrenador que los llama a continuar en la lucha: ¡Aguanta!, ¡Levántate!, ¡Dale otro!, es un espectáculo que deja sorprendido a cualquier transeúnte que guste o no de este deporte.
Si le es familiar o parecido este espectáculo a otros que se transmiten por televisión de la Www no es coincidencia. Row, como se llama hoy el show de lucha libre en Guayaquil, es el sueño en el 2009 de un quinceañero de los 90. Iván después de tanta dedicación y empeño, compró un cuadrilátero que fue el inicio de su afición.
“Yo nunca digo que logré este objetivo, digo lo logramos. Este esfuerzo es de mucha gente, desde mi esposa hasta mis amigos, los luchadores, sobre todo Gino, que siempre ha estado en todas conmigo”, dice.
“Reavivar el gusto por la lucha libre en jóvenes y niños está creciendo nuevamente, aunque está en proceso de crecimiento, ya existe una gran fanaticada que disfruta del show. Y lo nuevo de esta época de la lucha libre es la participación de mujeres como la Fabulosa Scarlet (la dueña de Row) y Exodia, además del personaje indefinido “Rosa Salvaje”, agrega Bustamante.
Exodia cuenta que desde adolecente le gustan los deportes de combate. “Practiqué boxeo, lucha greco-romano, pero lo mío era la lucha libre”.
Después de obtener su carrera profesional y un empleo, ahora dedica una buena parte de su tiempo a su afición favorita la lucha libre. Su figura bien moldeada y firme brilla con los trajes vistosos en los lanzamientos que realiza, en las caídas y golpes que proporciona a sus contrincantes.
Absalón Campos, “El Salvaje”, campeón Sudamericano en la época de oro del deporte, fue quien colaboró en el resurgimiento de la lucha libre en la urbe. Su encuentro con Iván Bustamante fue importante en esta causa. “Con él fundamos la primera escuela y por un año, yo fui el único entrenando, después mis compañeros del colegio también se unieron para convertirse en luchadores”.
A medida que progresaba la idea del cachacascán, varios empresarios se interesaron en el “negocio”, pero no hubo éxito porque la industria era un proceso que recién se estaba retomando. “El problema es que los proyectos parecían más broma que nada, y ese no es el fin”, recuerda.
“La falta de apoyo de los empresarios y la confianza de medios de comunicación dejaron a la lucha libre solo como un recuerdo”, evoca Ordeñana.
“Cachacascán”, proviene desde finales del siglo 19 y significa “Agárrate como puedas”, catchas- cacht-can, y se deriva de las maniobras a ras de la lona; el llaveo, como lo conocen los mexicanos, los argentinos los conocieron tan solo como “catch” y a los luchadores los llamaron los catchistas. En Centro América a los luchadores se los llamaba “cachacascán”.
Evolución desde la lucha grecoromana, lucha de gladiadores, al cachacascán, y terminar en la lucha libre moderna. Lo cierto es que a millones nos dio la satisfacción infantil de visualizar a nuestros héroes al mismo tiempo de entretenernos y llenarnos de buenos recuerdos. Esperando ahora como dijo el gran Martín Karadagián (antes de fallecer en 1991): “No debe morir la lucha libre, por que moriría la fantasía y la diversión en familia”.
